EL PARADIGMA DE LA AUTORRESPONSABILIDAD

A través de mi relación con los demás observo que muchas personas se han instalado en el victimismo de una forma preocupante, en una queja permanente y sistemática de todo cuanto les acontece a su alrededor. Un victimismo que proyecta siempre sobre los demás todo lo “negativo” que sucede en la vida de uno olvidando la fortuna que tenemos de disfrutar de una vida con todos sus matices y riqueza.
El problema es que ese victimismo se arraiga con más fuerza a medida que se practica, y resulta triste escuchar a personas cuyo discurso, conversación o debate está totalmente empapado de esta actitud.

No voy a ser yo el que recuerde ahora los efectos negativos de estar permanentemente instalados en el victimismo. Hay libros y ensayos muy buenos sobre el tema, más que nada por si alguien al leer esto se ve identificado o identificada. Decirle que siempre hay solución para esta forma de vivir.

Pero si que me apetece recordar lo importante que es cultivar una actitud fresca y positiva en nuestras vidas. La actitud, la predisposición al cambio, a la mejora y al crecimiento personal es el inicio de una transición hacia una mente abierta, bondadosa, compasiva y tolerante hacia uno mismo y hacia los demás.

Observo con frecuencia como el alumnado universitario se atiborra de cursos, másteres, dobles grados, idiomas y múltiples actividades, preparándose teóricamente para un futuro profesional, al cual llegan con una preparación técnica exquisita, debo reconocer, pero en lo fundamental, en el cultivo de valores interiores, inteligencia emocional, comprensión de uno mismo, relación con los demás, etc., para mi llevan un suspenso de origen, lo siento.

No se puede abordar con éxito una carrera profesional siendo “analfabetos” emocionales, seres alexitímicos que sólo miden a las personas y al entorno en función de valores materiales, que no saben expresar ni percibir sentimientos. Entre otras cosas, porque para tener un verdadero éxito profesional, además de una buena preparación técnica se necesita desarrollar esa inteligencia muchas veces oculta que no se mide a través del cociente intelectual sino del cociente de inteligencia emocional.

Al desarrollar la inteligencia emocional uno toma consciencia de la importancia de abandonar actitudes negativas, victimistas y afrontar su existencia desde un paradigma de responsabilidad que empieza consigo mismo. Es el paradigma de la autorresponsabilidad, o sea, empezar por uno mismo a corregir defectos y aplicar mejoras, antes de intentar cambiar el planeta.

Probablemente hayan personas que se sientan a gusto instalados en esa actitud victimista, aunque permitidme que lo dude, quizás es porque no conocen otro sistema de pensamientos, otra forma de pensar. Pero en cualquier caso os invito a que, si os surge esta duda del cambio, os preguntéis: ¿Estoy satisfecho con mi vida emocional? ¿Siento que mediante mi forma de ser tengo armonía y bienestar personal? Siento que las personas que frecuentan mi entorno se sienten a gusto compartiendo conmigo? ¿Mis experiencias vitales son satisfactorias? En definitiva, si eres feliz (pero realmente feliz) con tu sistema y patrones de pensamiento, ¡perfecto! Eres un afortunado o afortunada.

Lo que nos suele suceder a la mayoría es que nuestro sistema de pensamientos no nos ayuda a ser plenamente felices. Si además de constatar esto, pensamos y creemos que podemos cambiar para mejor, ¿porqué no intentarlo? Y no se trata de creer en algo a ciegas. Se trata de observarnos, de ver la calidad de nuestras experiencias vitales, más que de abrazar determinadas filosofías o creencias. Es una percepción personal basada en la intuición y el sentido común que nos permite percibir según nuestro propio discernimiento y hacer una elección consciente de la vida.

Pues bien, el paradigma de al autorresponsabilidad consiste en cambiar nuestra forma de pensar, de sustituirla por otra que nos aporte plenitud, felicidad y bienestar. Y recordando las profundas reflexiones de Annie Marquier, “No es lo que nos sucede lo que determina nuestra vida, sino más bien lo que elegimos hacer con lo que nos sucede.”

Pero este “cambio” no es rápido, no tiene recetas médicas, no es intelectual … es emocional y cognitivo. Por lo tanto el avance es progresivo, es una apertura del espíritu hacia dimensiones no habituales. Y empieza por hacernos responsables de todo cuanto decimos, obramos y pensamos. Sin perder de vista la connotación de la palabra “responsable” porque muchas personas la asocia culturalmente a un sentido severo, de culpa. No es eso. Es mas bien la capacidad de tomar una decisión, de elegir libremente nuestras respuestas.

Así, asumimos la plena responsabilidad sobre nuestros estados emocionales, porque en definitiva somos nosotros y solo nosotros quienes decidimos reaccionar de una determinada manera, sin esperar a que el planeta cambie.

Este estado de ánimo o actitud de percibirnos a nosotros mismos, como siendo totalmente dueños de nuestros estados interiores y de nuestras elecciones vitales es el gran antídoto contra el victimismo y fuente de felicidad a largo plazo.

A modo de conclusión podemos resumir el paradigma de la autorresponsabilidad en los siguientes puntos:

Tomar consciencia de nuestro modo de pensar, de hablar y de actuar frente a las         circunstancias externas.
Desarrollar el hábito de la meditación para mantener la mente serena, clara y espaciosa.
Hacer una autocrítica constructiva, reconociendo cómo somos, abandonando cualquier sentimiento de culpa y sin dejarnos la autoestima en el proceso.
Decidir asumir la responsabilidad completa de todos nuestros pensamientos, palabras y acciones.
Fomentar una actitud proactiva, positiva y enfocada al futuro con alegría, evitando los reproches hacia uno mismo.
¡Que seáis felices!

LECTURAS RECOMENDADAS

Marquier, A. (2009): El Poder de Elegir. Ediciones Luciérnaga. Barcelona.

 

 

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